El Padre Hubert Schiffer atestiguaba que en el momento de la explosión de la bomba atómica sucedía una sola cosa: “Era la hora en que rezábamos el rosario diariamente”.

 

El 6 de agosto de 1945, fiesta de la Transfiguración, a las 8:15 de la mañana, Estados Unidos lanza una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima había una pequeña comunidad de Padres Jesuitas, junto a la iglesia parroquial, a casi un kilómetro del epicentro de la bomba atómica. Eran misioneros alemanes sirviendo al pueblo japonés. Como los alemanes eran aliados de los japoneses, les habían permitido quedarse en aquella ciudad.

 

La iglesia junto a la casa de los jesuitas quedó destruida, pero la residencia no sufrió daño alguno, ni los miembros de la comunidad jesuita pese a que explotó muy cerca de donde estaban; incluso la radiación -que mató a miles de personas en los meses siguientes- no tuvo efecto en ellos.

 

 

Los jesuitas Hugo Lassalle, superior en Japón, Hubert Schiffer, Wilhelm Kleinsorge y Hubert Cieslik, se encontraban en la casa parroquial de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los pocos edificios que resistió a la bomba. En el momento de la explosión, uno de ellos se encontraba celebrando la Eucaristía, otro desayunaba y el resto en las dependencias de la parroquia.

 

Poco tiempo después de la destrucción de la ciudad de Hiroshima, los jesuitas construyeron una pequeña cabaña sobre las ruinas de la hasta entonces Iglesia de L’Asunción. Algunos monjes budistas se acercaron a saludar a los misioneros católicos y al momento les sugirieron que construyeran un templo por la paz, y que esta a su vez simbolizara a Hiroshima en el cielo.

 

Les jesuitas respondieron:

“…levantaremos una iglesia, consagrada a la Madre de Cristo quien ruega en el cielo por la paz…”

Los budistas dijeron entonces:

“¡Magnífico! No existe mejor símbolo de la paz mundial que el corazón de una madre…”

Y fue así como se construyó El Templo de la Paz, donde las Hermanas de la Orden Franciscana rezan el rosario siempre.

 

En 1976 durante el Congreso Eucarístico que se llevó a cabo en Filadelfia, EEUU, el Padre Hubert Schiffer, uno de los jesuitas en Hiroshima -entonces de 30 años de edad-, narró su experiencia de aquel fatal día para esa ciudad y para Nagasaki y explicó que los otros ocho miembros de la comunidad Jesuita estaban todavía con vida.

 

El Padre Schiffer fue examinado e interrogado varias veces por científicos incapaces de explicar cómo los jesuitas misioneros habían sobrevivido. El Padre les explicaba que él lo atribuía a la protección de la Virgen María. Declaraba lleno de Fe:

“Yo estaba en medio de la explosión atómica… y estoy aquí todavía, vivo y a salvo. No fui derribado por su destrucción.”

 

En el Congreso Eucarístico el Padre Shiffer mantuvo que durante continuos años, cientos y cientos de expertos e investigadores estudiaron las razones científicas del porqué la casa, tan cerca de la explosión atómica, no fue afectada. El atestiguaba que en aquellos momentos de la explosión de la bomba atómica sucedía una sola cosa: “Era la hora en que rezábamos el rosario diariamente”.

 

En Hiroshima y Nagasaki murieron unas 246 mil personas, la mitad en el momento del impacto y el resto en las semanas posteriores por los efectos de la radiación. La bomba de Hiroshima coincidió con la solemnidad de la Transfiguración del Señor y la rendición de Japón ocurrió el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María.

 

Fuente: Aciprensa y Reina del cielo

Fuente: Teresita González