El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define la madurez como “el buen juicio o prudencia con que el hombre se gobierna”.

Podemos clasificarla en: física, intelectual, emocional, de facto y de vida espiritual.

-La madurez física la observamos en nuestros cambios visibles tales como la altura o el vello corporal.

-La madurez intelectual la observamos cuando se ponen a prueba los conocimientos, correlación de datos, la toma de decisiones, corresponde a la madurez de juicio. Una persona con madurez de juicio no se deja arrastrar por ilusiones, slogans o modas. Tiene conciencia de las propias capacidades y limitaciones.

- La madurez emocional es el estado en el que una persona acepta al mundo y al resto de personas tal cual sonCorresponde a la madurez en la afectividad. Una persona madura en la afectividad pone sus inclinaciones naturales al servicio de la totalidad de su persona. Concede a la voluntad su papel rector, libre y responsable. Afronta las consecuencias de las propias decisiones.

Quien es maduro o madura emocionalmente, tiene la capacidad de saber qué cosas puede cambiar, mejorar y cuáles no. Acepta la realidad y la afronta de la mejor forma posible.

Las personas con madurez emocional tienen recursos con los que responden de manera asertiva ante los acontecimientos externos. Esta madurez incrementa la resiliencia por medio de una capacidad de adaptación con la que la persona es capaz de transformar esos hechos externos a través de una respuesta adecuada.

La madurez personal y emocional no evita el sufrimiento de manera definitiva, sin embargo, sí evita el sufrimiento innecesario. Por ejemplo, cuando una persona vive un amor no correspondido, una persona con alta inteligencia emocional toma la decisión de olvidarse de esa historia, aceptar la situación y pasar página. Esta aceptación es una manifestación de madurez y de libertad interior. Por el contrario, aquella persona que se engaña a sí misma, sigue alimentando ese estado de preocupación hasta hacerlo crónico.

La madurez emocional es la capacidad de estar a la altura de la excelencia que la propia vida plantea en los retos cotidianos, en los problemas, en la amistad, en el amor, en la familia, en el presente, en los objetivos... Es decir, es la capacidad de ser y actuar desde tu mejor versión en cada circunstancia.

El nivel de madurez de una persona se observa, en parte, en la respuesta que ofrece a los sucesos propios del diario vivir.

Características de la madurez emocional

1. Coherencia y congruencia en el pensamiento, en el sentimiento y en la acción

El ser humano puede estar condicionado por los contrastes y contradicciones entre la teoría, el deseo y la práctica del vivir. Sin embargo, una persona madura es aquella que actúa en armonía con aquello que piensa tomando como referencia los valores éticos como principios esenciales del obrar correcto.

2. Puede anteponer la obligación al desear

Una persona madura es consciente de que el deber también forma parte de la vida y es capaz de anteponer en muchos momentos este sentimiento de responsabilidad por delante del desear ya que está comprometida con un propósito.

3. Responsabilidad frente a culpabilidad

Una persona con madurez emocional utiliza el término asertivo de responsabilidad como mecanismo para incrementar el aprendizaje en torno a errores cometidos. Este concepto es más proactivo y asertivo que el de la culpabilidad utilizado constantemente como una forma de resaltar el fallo y la imperfección del autor de una acción.

4. Toma el control de su vida

Es consciente de que existen factores sobre los que no puede decidir realmente, sin embargo, una persona madura emocionalmente no pierde el tiempo en compadecerse a sí misma por la mala suerte. Es una persona que decide en presente sobre aquellas decisiones que le permiten estar en el lugar que de verdad desea.

5. Acepta los límites

La voluntad de una persona con inmadurez emocional es caprichosa y vulnerable ante los límites que impone la propia vida cuando el ritmo de los acontecimientos externos no está acompañado con las propias expectativas internas. Sin embargo, una persona con madurez emocional tolera la frustración que surge ante un límite que rompe con algún sueño o deseo significativo. Es decir, es capaz de trascender a este punto en concreto.

Cinco recomendaciones

  1. No observes este estado como un punto definitivo del camino de la vida sino como un proceso de aprendizaje constante. Por tanto, siempre puedes seguir aprendiendo y reflexionando en torno a la vida.
  2. Tú puedes ofrecer nuevas respuestas ante las situaciones que te bloquean.
  3. Los demás no están en este mundo para cumplir tus expectativas en cada momento, así como tú tampoco estás en esta vida para asumir esta misión. Cada ser humano afronta el reto de la felicidad desde la responsabilidad y la libertad.
  4. Observa el ejemplo de aquellas personas a las que admiras por su sentido común. Y esta contemplación puede ser una invitación para modelar algunas de esas actitudes.
  5. La libertad no es hacer lo que te apetece en cada momento sino convertir este don en un acto de sabiduría en la toma de decisiones. En muchos casos, esta libertad no solo te impulsa a reflexionar sobre aquellas acciones que te convienen a ti, sino también, a otras personas implicadas en los efectos de esa decisión.

-La madurez de facto «de hecho» o madurez en la acción. Una persona madura se esfuerza por actuar de forma coherente y congruente.

Coherencia significa mantener la relación y la armonía en un conjunto de ‘cosas’ (materiales, pensamientos), y para eso hace falta tener las ideas claras, mediante un estudio crítico previo (análisis, comprensión, valoración y decisión). Dicho estudio crítico exige tomar decisiones distintas según los cambios que se produzcan en las cosas, en los intereses o en la información, según se rija uno por principios lógicos, éticos o morales. Entonces ser coherente se aplica a la persona cuya forma de pensar no se contradice con su forma de actuar.

Congruencia significa concordar. Por tanto, lo congruente es lo que sirve para formar un conjunto homogéneo, cierta manera de pensar de cada uno o de un determinado grupo. También ser congruente significa ser fiel a uno mismo y mantener una relación lógica y coherente entre lo que sentimos, lo que decimos y lo que hacemos.

-La madurez de la vida espiritual lleva a una conciencia rectamente formada, capaz de obrar con libertad y responsabilidad, cara a Dios. El pecado se opone a la madurez porque significa “una disminución del hombre mismo, que le impide alcanzar la propia plenitud “(Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 13)

La madurez humana y cristiana es el conjunto armónico de muchas virtudes –teologales, morales y humanas-, que conviene cultivar comenzando y recomenzando con optimismo y sentido deportivo cada día.

El l Concilio Vaticano II recordaba la necesidad de “cultivar (...) la madurez humana, la cual se manifiesta, sobre todo, en cierta estabilidad de ánimo, en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de juzgar los acontecimientos y los hombres” (Conc. Vaticano II, Decr. Optatam totius, n. 11.)

La madurez se adquiere con los años, pero no depende sólo de los años que se tengan: el simple paso de los años no da madurez, como se ve en tantos ancianos inmaduros. Esta madurez se adquiere mediante la gracia, que recibimos especialmente a través de los sacramentos y mediante el ejercicio de las virtudes teologales, morales y humanas.

Escribía San Pablo al joven Timoteo: “Que nadie te tenga en poco por tu escasa edad, has de ser ejemplo para los fieles en el hablar, en el trato, en la caridad, en la fe, en la pureza” (I Timoteo. 4, 12)

El cristiano sabe que la persona va madurando a medida que se identifica con Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre.

San Pablo nos anima a llegar “al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo. De este modo ya no seamos niños que fluctúan y están zarandeados por todos los vientos de opiniones, por el engaño de los hombres, por la astucia que lleva al error. Por el contrario, viviendo la verdad con caridad, crezcamos en todo hacia Aquel que es la cabeza, Cristo” (Ephes. 4, 13-15).

La fe es una gracia. Nadie llega a la fe si no ha recibido del exterior la llamada del Dios que le habla y no experimenta en su interior la cordial adhesión al Dios que se manifiesta y llama. Toda madurez cristiana supone como fundamento una fe madura.

Son tres criterios característicos de la edad espiritualmente adulta que dan la perspectiva sobre la madurez de la fe:

El adulto espiritual es el hombre que ha logrado una primera unidad de su personalidad y de sus facultades, que no vive de impulsos sino a base de convicciones.

El adulto espiritual es el hombre que procura elevar su vida a un nivel consciente, que se da cuenta de los motivos de sus decisiones y de la orientación de su vida.

El adulto espiritual es el hombre que toma en serio las visiones de conjunto: la orientación global de su vida, de los complejos sociales y políticos. Es capaz de asumir responsabilidades duraderas sobre la totalidad de su vida o de un sector de la realidad humana. Ayudándonos de este breve diagnóstico sobre la madurez humana y cristiana, intentaremos describir las señales de una fe adulta, explicitando sus exigencias, bajo la perspectiva de la educación de sí y de los otros en Cristo. Búsqueda que se inspira en las palabras de san Pablo a los Efesios: "Ya no seremos niños fluctuantes, ni nos dejaremos llevar aquí y allá de todos los vientos de opiniones por la malignidad de los hombres que engañan con astucia para introducir el error...", sino que "llegaremos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al varón perfecto, a la edad perfecta que conviene a la plenitud de Cristo" (4,13-14).

Formación de la madurez humana

Vivir según la voluntad de Dios implica la decisión de formarse de cuerdo «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), es decir «a revestirse del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad verdaderas» (Ef4,24)

Esta decisión de formarse es imprescindible. Cimentado sobre ella el hombre puede ordenar cada hora y cada minuto de su vida hacia su fin último. No tomar esta decisión es servir a dos señores y formarse en una personalidad dividida y doble, en cuento que se ha hecho una opción por Dios, pero no se busca concretarla con hechos. Cuanto más sólida es la opción fundamental, más sólida es la decisión de formarse bien. Formarse no sólo en algunos aspectos, sino en una formación integral que abarque todo el hombre en todos los momentos de su vida.

En esta formación es sumamente importante la armonía e integración de los diversos aspectos de la personalidad, el desarrollo armónico de los componentes de la personalidad, buscando un crecimiento en las áreas de la formación integral de la persona: espiritual, humana, intelectual y apostólica - social.

a) En la dimensión espiritual, alcanzando por la vida de Gracia y el ejercicio de las virtudes teologales, una relación personal de amor con Dios, Padre, redentor y Amigo cercano.

b) En la dimensión humana, desarrollando las capacidades, virtudes y actitudes que les permitan llevar una vida acorde con su relación personal con Dios, formando una conciencia recia que equilibre nuestras facultades, de modo que la razón y la voluntad dirijan las pasiones y sentimientos.

c) En la dimensión intelectual, adquiriendo los conocimientos que nos sirvan para aplicar y actuar reflexivamente los principios de nuestra fe, logrando que la razón, iluminada por la fe, guíe toda nuestra vida.

d) En la dimensión apostólica y social, comprometiéndonos de una manera personal y eficaz en las tareas de colaborar activamente en el bienestar de los demás y de hacer partícipes a los demás hombres de nuestra amistad con Cristo, colaborando dentro de la Iglesia en la extensión del Reino de Cristo en el mundo.

Para poder formar una personalidad madura, partimos de principios fundamentales que nos ayudan independientemente del estado o condición de vida que tengamos.

El primer paso en la tarea de la formación de una personalidad madura se encuentra en la triada conócete, acéptate, supérate. “No vuelvas fuera, vuélvete a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad. El pasado ya no es. Y el futuro no es todavía. La sabiduría no es otra cosa que la medida del Espíritu; es decir, la que nivela el espíritu para que no se extralimite ni se estreche” San Agustín

Conocerse bien, es decir, de forma realista, haciendo una auténtica aproximación objetiva a uno mismo y a los otros, representa un primer e importante paso para lograr orientar y dirigir de la propia vida, y es una cuestión tan importante que siempre se ha presentado a lo largo de los siglos como un gran reto para el hombre es ciertamente una ardua ntarea no es tan facil como parece de realización y que al ser de vital importancia para el hombre lo es asimismo para la sociedad y en el hecho social entra la religión, la cultura en todas sus facetas y evidentemente la política. Por ello es un gravísimo error no reconocer los propios defectos ni los defectos que comunitariamente nos tienen dominados y no es menos error no reconocer ni aceptar las propias cualidades “dones de Dios” y los dones que Dios nos quiere transmitir a través de las cualidades de los demás.

El conocimiento de todo ello y su aceptación, es el paso previo necesario para una posible superación y ello no debe conducir jamás ni a la resignación ni a la indiferencia.

Es imprescindible poder y saber distinguir tanto personal como comunitariamente lo que no se puede o no se debe modificar de lo que se puede y debe modificarse.

Sabemos por experiencia que es el Espíritu Santo quien nos ayuda a entender y amar la voluntad de Dios y a entender y a amar la palabra de Dios, no podemos olvidar que Él es quien nos lleva a la verdad completa y nos hace comprender aquello que aún no comprendemos de Jesús y su mensaje. Él es quien “intercede por nosotros con gemido inefables” (Rm.8,26)

Solo el Espíritu como nos recuerda San Agustín es el quien nivela nuestro espíritu para que no se extralimite ni se estreche ya que Él es la misma Sabiduría de Dios derramada en nuestros corazones. Pero hay que ser objetivos y dejar que sea Él y Ella, -Espíritu y Sabiduría- los que nos ayuden a ser realistas y objetivos y por ende a dejar las palabras y pasar a las obras que demuestran la fe. De nada valen los discursos, las sonrisitas y las fotos sino no podemos decir lo que vemos y oímos como los discípulos Juan lo vieron estando con Jesús.

Nerón jamás pensó objetivamente lo que necesitaba Roma, sino lo que él quería de Roma quizás desde una paranoia incontrolable justificada por la subjetiva culpa de “unos llamados cristianos”. Pero lástima, pobre Nerón porque quien inocentemente peca, inocentemente se condena. Por eso, amigo, seas quien sea, haz un esfuerzo, como hacemos los tertulianos de las Ramblas y aunque sea preciso hacer un alto en el camino “conócete, acéptate y supérate", para una vida más humana y por lo tanto más cristiana y una sociedad, religión, cultura y política más limpias y auténticas según la Sabiduría de Dios y su Espíritu nos guíen.

Conócete

El que quiere formarse bien según un ideal elegido tiene que prestar una atención cuidadosa y tenaz para conocerse a sí mismo a fondo. Conocerse significa tener una visión integral de sí mismo que abarca todas las facultades enfatizando sobre todo el conocimiento del propio temperamento, la emotividad, el grado de actividad, la resonancia y la capacidad de reflexión.

Está claro que los temperamentos son diversos, por eso cada uno lleva su propio bagaje de cualidades o defectos y de valores por descubrir. Hay que conocerlos, no sólo a través de una reflexión serena, sino también con la ayuda de los demás, escuchando con objetividad lo que dicen. Ciertamente este conocimiento no se logra en un día ni en un año. Es preciso formar, entonces, el hábito del autoanálisis y la apertura a las sugerencias y ayudas de los demás, aunque a veces no sean muy agradables.

Acéptate
La reflexión y la introspección revelan defectos hasta entonces desconocidos, pero también descubren cualidades y posibilidades de superación. La actitud que se debe adoptar no puede ser sino la de serena aceptación. Es importante recordar que nuestro ser no es una carga pesada o un castigo sino un fruto del amor infinito y bondadoso de Dios.

Supérate
La aceptación de sí mismo, que no es resignación derrotista ni conformismo egoísta, debe llevar al hombre a la decisión profunda y permanente de superarse. Esto se hace tomando una actitud responsable y conquistadora ante la vida; una disposición positiva que lleva a la persona a vivir, no según los sentimientos y las circunstancias pasajeras, ni mucho menos según la opinión de los demás, sino de cara a Dios. Tomando los diversos momentos de la vida como lo que son: respuestas al amor de Dios.

Este es el verdadero sentido de la responsabilidad: querer guiar la propia vida, en todos sus detalles, según los preceptos de aquél en quien se tiene puesta la confianza (cf. 2 Tm 1,12).

Es este tipo de hombre al que se llama coherente, sincero, leal; en una palabra, auténtico. La presencia de los demás, no es el factor determinante de su obrar sino el amor a Dios mismo. El hombre maduro integral vive todos los acontecimientos desde el punto de vista de su fe en Dios, por eso sabe apreciar las cosas más sencillas de su vida.

Un punto importante es el que se refiere al espíritu positivo, es decir, el objetivo del esfuerzo no es superar un defecto, sino amar más y adquirir perfección en la virtud. La actitud no debe ser evitar lo malo “malum vitandum”, solamente, sino buena técnica “bonum facendum”. Se trata de hacer el bien, no de evitar el mal solamente.

No hemos de olvidar que el trabajo de identificación con Cristo sobrepasa completamente nuestras posibilidades humanas. Necesitamos la ayuda de Dios. La tenemos en el Espíritu Santo que Cristo nos prometió en la Última Cena (cfr. Jn 14,26)

Él, como artífice y guía, con la acción de la gracia nos va transformando e iluminando en nuestro trabajo.

En la medida en que nos prestemos a la acción divina, nos acercaremos más a nuestro divino modelo, Jesucristo. Seremos más maduros como cristianos cuanto más unamos nuestros esfuerzos a la acción de la gracia.